Mi mente, se resume a recurrentes pensamientos sobre la vida. O más bien, sobre la forma de vivir la vida, y cómo sortea cada persona esa pequeña prueba. Y digo se resume, porque eso es lo que más hago, resumir. Trato de llegar a eternas conclusiones, a sintetizar las acciones de los demás para entenderlas. Y así, conocer. Y debo agregar, que no se me hace cansador el camino. Que nunca se me ha hecho difícil advertir detalles, ver lo que cada uno oculta detrás. Pero observando, nadie me observa. Soy siempre el espectador, sentado al fondo del salón. O casi siempre.
El dilema llega cuando, no me encuentro sola en ese puesto. Cuando hay alguien a mi lado, que trata de descifrar mi disfraz. Y yo el de el, por supuesto, por costumbre.
Y el tiempo pasa, y creo llegar a conocerle. Hasta que ocurre algo, que me hace pensar que tal vez nunca estuvo a mi lado, sino detrás. Que me transformé en alguien más, uno de los tantos a los que yo ya antes había analizado. Y me vuelvo obvia, catastróficamente predecible.
Así, vuelvo a mis cabales y analizo la otra posibilidad: que esa persona, no haya estado a mi lado, sino delante. Pero que sea una persona especial. A la que no puedo leer, como a tantos otros he leído. Un alguien, tan perturbable como yo. Un alguien, que en el salón, se da vuelta, y me estudia.
Y eso te vuelve a situar a mi lado. Te hace mi compañero. Porque odiándote más, o amándote menos, nunca pude entenderte del todo. Nunca llegué a ver qué hay del otro lado. Y nunca dejé que lo vieras en mí.
Entonces, nos volvemos, simplemente dos personas sentadas al fondo de una habitación que se desvanece. Y así seguiremos, hasta algún final. Algún triste final.
Sólo te pido, por favor, en el medio; no me dejes. No me permitas adivinarte. No te vuelvas del montón, pronosticable. Porque entonces serás uno más. Porque entonces, ya me habrás dejado.