viernes, 14 de noviembre de 2008

Muñecos.

Acá, uno que escribí cuando tenía once añitos.






Era una vez un soldado
Con piernas, pero sin un brazo
Sosteniendo un rifle cargado
Y atento hacia todos lados

Era una vez una dama
Con un vestido escarlata
Siempre derecha parada
Y tímidamente miraba.

El soldado salió a ejercitar
Y la dama solo a pasear
Y en una encrucijada
Intercambiaron fijas miradas.

El soldado, a pachangear
La dama parte a bailar
Y en un momento, sin darse cuenta
Terminaron siendo pareja.

Se siguieron viendo por años
Por años de flores y hadas
Hasta que el le pidió su mano
Y ella aceptó encantada.

Así es que fueron felices
El fiel soldado y la bella dama
Mas no comieron perdices
Porque a ella no le gustaban

sábado, 8 de noviembre de 2008

Mi princesa.

La miraba pasear, desde su ventana. La única ventana del mundo. O la mejor, al menos. El cabello rizado. La piel tostada. El aura imposible de penetrar.
Caminaba del brazo con su madre, la panadera del vecindario. Ya todo se había arreglado, iban a casarse. Al fin, iba a ser suya.
No había más que el eterno problema, del vecinito. Que también tenía una ventana. Los celos le invadían los sueños, de tan solo pensar, que pudiera aproximarse a su mujer. Añoraba el día en que pudiera pasear de su mano, y sonreírle burlonamente, para hacerle notar que la princesa, había abandonado su castillo, para resguardarse en sus brazos. Que valían más que cualquier dragón.
Su lecho, ya estaba preparado. Con sus propias manos había atado cortinas alrededor de lo más cercano a una cama que pudo conseguir. Un colchón duro, que algún día lograría albergar su amor.
Ella traería sus ropas, en alguno de los siguientes días. Lo habían acordado, y ella había prometido, esta vez, no acobardarse. No podía esperar un solo minuto más.
Continuaba mirando por el ventanal, esperando que los minutos pasaran mágicamente.


Después de todo, la vida no es tan fácil a los cuatro años de edad.