martes, 31 de agosto de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
viajes
- No, no estoy. Decile que estoy viajando – Le dice una mujer al teléfono mientras mira por la ventana sucia de un ómnibus con dieciocho pasajeros.
Aparentemente viajar le parece un estado en el deja de existir. Detrás una niña llora sin parar porque su caramelo se terminó. Su madre la mira desesperada tratando de convencerla de que las galletas sin sal son aun más ricas que los dulces. La niña no cambia de idea, hasta que recuerdo que tengo un chicle olvidado en el bolsillo de la campera. Me paro triunfal y se lo cedo a la madre (por alguna razón esas cosas siempre tienen que pasar antes por el adulto), y ella me mira con cara de asco y me dice:
- No flaco, chicle todavía no come.
Por atrás una vieja mira con bronca. Se ve que la nena también la cansó a ella, y que vio una oportunidad en mí. La decepcioné. Pero decepciono a bastante gente en la vida, así que no me preocupé demasiado.
Me vuelvo a mi asiento, y me acomodo al lado de la minita que no hace otra cosa que escribir mensajes de texto y reírse en voz baja. Creo que no hay nada que me moleste más en la vida que la gente que habla consigo misma y que se ríe en voz baja. Me siento, y escucho a la nena que ahora no solo llora porque sino su caramelo, sino también porque la mamá no la deja comer chicle. Cierro los ojos y trato de irme a ese "lugar feliz" del que la gente siempre habla y el cual creo que nunca comprenderé del todo. Pienso. Pienso en una playa, el mar, las gaviotas revoloteando. Soy joven de nuevo, y todavía tengo pelo. En mi lugar feliz, aparentemente, no hay otros hombres que no sean yo.
Y ahí estoy, recostado debajo de una palmera (mi creatividad llega hasta ahí), casi pudiendo escuchar las olas y los pasos de las muchachas que corren en cámara lenta sin detenerse, hasta que algo me golpea en el brazo. Pienso que es una gaviota que quiere mordisquear mi sándwich de mortadela, pero vuelvo a la realidad, y veo a mi lado la nena, que aparentemente ha decidido tomar las cartas del asunto y viene a reclamar lo que es suyo. Atrás, media desenfocada la veo a la madre de brazos cruzados, enojada conmigo porque le di a la nena una opción mejor que las galletitas sin sal. Vuelvo a mirar a la rubiecita y en esa magia de los niños, la niña entiende lo que pasa, me sonríe y se vuelve a su asiento. Finalmente se ha callado y el ómnibus parece el lugar más silencioso del mundo.
Pero lo del “lugar feliz” ya me pareció una idea piola, así que vuelvo a poner cara de hipnosis y me acomodo en mi asiento. A penas había podido mirar un par de minitas cuando otro golpe me vuelve a la realidad. La nena de nuevo, esta vez me ofrece una galletita sin sal. A la madre ya no la veo pero puedo imaginar su cara encantada de que su bebé "aprendió a compartir". Agarro la galleta, le digo gracias a la nena que se me queda mirando, aclarando que no se va a mover hasta que yo pruebe la galleta sin gusto a nada. Sonrío y muerdo un pedazo para que se quede tranquila.
Solo espero que se vaya para poder volver a soñar. O sea que lo del “no estoy, estoy viajando” era cierto. Me sorprendo de eso mientras que mi vista se borronea, las risitas de al lado se transforman en un graznido y mi pelo vuelve a crecer.
Aparentemente viajar le parece un estado en el deja de existir. Detrás una niña llora sin parar porque su caramelo se terminó. Su madre la mira desesperada tratando de convencerla de que las galletas sin sal son aun más ricas que los dulces. La niña no cambia de idea, hasta que recuerdo que tengo un chicle olvidado en el bolsillo de la campera. Me paro triunfal y se lo cedo a la madre (por alguna razón esas cosas siempre tienen que pasar antes por el adulto), y ella me mira con cara de asco y me dice:
- No flaco, chicle todavía no come.
Por atrás una vieja mira con bronca. Se ve que la nena también la cansó a ella, y que vio una oportunidad en mí. La decepcioné. Pero decepciono a bastante gente en la vida, así que no me preocupé demasiado.
Me vuelvo a mi asiento, y me acomodo al lado de la minita que no hace otra cosa que escribir mensajes de texto y reírse en voz baja. Creo que no hay nada que me moleste más en la vida que la gente que habla consigo misma y que se ríe en voz baja. Me siento, y escucho a la nena que ahora no solo llora porque sino su caramelo, sino también porque la mamá no la deja comer chicle. Cierro los ojos y trato de irme a ese "lugar feliz" del que la gente siempre habla y el cual creo que nunca comprenderé del todo. Pienso. Pienso en una playa, el mar, las gaviotas revoloteando. Soy joven de nuevo, y todavía tengo pelo. En mi lugar feliz, aparentemente, no hay otros hombres que no sean yo.
Y ahí estoy, recostado debajo de una palmera (mi creatividad llega hasta ahí), casi pudiendo escuchar las olas y los pasos de las muchachas que corren en cámara lenta sin detenerse, hasta que algo me golpea en el brazo. Pienso que es una gaviota que quiere mordisquear mi sándwich de mortadela, pero vuelvo a la realidad, y veo a mi lado la nena, que aparentemente ha decidido tomar las cartas del asunto y viene a reclamar lo que es suyo. Atrás, media desenfocada la veo a la madre de brazos cruzados, enojada conmigo porque le di a la nena una opción mejor que las galletitas sin sal. Vuelvo a mirar a la rubiecita y en esa magia de los niños, la niña entiende lo que pasa, me sonríe y se vuelve a su asiento. Finalmente se ha callado y el ómnibus parece el lugar más silencioso del mundo.
Pero lo del “lugar feliz” ya me pareció una idea piola, así que vuelvo a poner cara de hipnosis y me acomodo en mi asiento. A penas había podido mirar un par de minitas cuando otro golpe me vuelve a la realidad. La nena de nuevo, esta vez me ofrece una galletita sin sal. A la madre ya no la veo pero puedo imaginar su cara encantada de que su bebé "aprendió a compartir". Agarro la galleta, le digo gracias a la nena que se me queda mirando, aclarando que no se va a mover hasta que yo pruebe la galleta sin gusto a nada. Sonrío y muerdo un pedazo para que se quede tranquila.
Solo espero que se vaya para poder volver a soñar. O sea que lo del “no estoy, estoy viajando” era cierto. Me sorprendo de eso mientras que mi vista se borronea, las risitas de al lado se transforman en un graznido y mi pelo vuelve a crecer.
martes, 17 de agosto de 2010
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