La miraba pasear, desde su ventana. La única ventana del mundo. O la mejor, al menos. El cabello rizado. La piel tostada. El aura imposible de penetrar.
Caminaba del brazo con su madre, la panadera del vecindario. Ya todo se había arreglado, iban a casarse. Al fin, iba a ser suya.
No había más que el eterno problema, del vecinito. Que también tenía una ventana. Los celos le invadían los sueños, de tan solo pensar, que pudiera aproximarse a su mujer. Añoraba el día en que pudiera pasear de su mano, y sonreírle burlonamente, para hacerle notar que la princesa, había abandonado su castillo, para resguardarse en sus brazos. Que valían más que cualquier dragón.
Su lecho, ya estaba preparado. Con sus propias manos había atado cortinas alrededor de lo más cercano a una cama que pudo conseguir. Un colchón duro, que algún día lograría albergar su amor.
Ella traería sus ropas, en alguno de los siguientes días. Lo habían acordado, y ella había prometido, esta vez, no acobardarse. No podía esperar un solo minuto más.
Continuaba mirando por el ventanal, esperando que los minutos pasaran mágicamente.
Después de todo, la vida no es tan fácil a los cuatro años de edad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario