Creo que nuestras simplezas son las que nos hacen especiales. La mayoría de la gente se parecería entre sí, a no ser por las trivialidades que nos diferencias.
Amo escuchar una buena canción, acostada en mi patio.
Odio que no me reciban las cosas, en el momento que pretendo entregarlas.
Odio sentirme estúpida, por lo cual siempre agredo a alguien antes de que me agredan .
Odio la incertidumbre, y creo que esto es una de las cosas que mas odio.
Amo la sinceridad.
Amo los principios y finales de una buena película.
Amo llorar cuando lo necesito.
Amo (y a veces odio) pensar tanto.
Mi lista podría seguir hasta el hartazgo.
Pienso, que si alguien tiene que caracterizarme, debería de decir esas cosas. Las pequeñas, las que nadie ve y a nadie le importan. Pues sólo entonces, podría decir que me conoce (cabe aclarar que sólo serían unos pocos).
Podrían referirse a mi aspecto físico, a mi bondad, a mi sociabilidad. Pero, siempre podrían decir lo mismo de cualquier otro. Eso no es lo que me distingue.
Estoy segura de que muchas personas dirían que me conocen. Que saben decir cuando estoy a punto de llorar, aunque sólo lo notarían si vieran las lágrimas escurrirse por mis ojos. Que piensan tal vez que soy espontánea, cuando tengo todos y cada uno de mis paso a seguir, calculados de antemano; eso no me enorgullece. Que soy fría o insensible, cuando observo diez veces lo que ellos no ven. Incluso que soy alegre, cuando en realidad las bromas tapan mi sensibilidad y melancolía.
No creo ni siquiera poder definirme a mi misma. No me convenzo de que quepo en los estándares. No creo que nadie lo haga.
Sólo pienso, eso es lo que hago. Me abstengo a no dejar de razonar.
Y quien sepa interpretar esas ideas; quien pueda, no compartirlas, pero entretejerlas junto a mí; esa persona podrá decir que verdaderamente me conoce.
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