Ella jamás terminaría de comprender las razones por las cuales él la amaba de esa forma. Había resuelto quedarse al lado de la seguridad; pasar veinte años con lo que su razón había elegido para ella. Una vida donde los sinsabores eran tantos que ya ni siquiera podía notarlos.
Y pensar que ella nunca podría desprenderse de los aromas de aquel otro hombre, que atormentaban cada mañana y cada noche.
Una cruz, polvo, una foto añeja, una bocina.
Vivía enredada en memorias color sepia, músicas tristes, y vanos intentos de endurecer su corazón. Pasaba cada Octubre a través de un ventanal, con la mirada perdida en el viento y la sensación de estar oculta en un álbum de recuerdos pasados.
Y ella pensaba, como siempre. La decisión ya se había tomado. No había vuelta atrás y su situación ya nunca cambiaría.
A veces, las cosas se solucionan por si mismas.
Otras veces no.
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