lunes, 24 de agosto de 2009

A penas si una vida le alcanzaría para conocerle del todo. Ni una, ni dos. Se necesitaban al menos mil. Le buscó en cada rincón de la tierra. También en el agua, en el aire y en el fuego. Le buscó en todos para encontrarle en cada uno de ellos. Para encontrarle en si misma, en lo mejor y en lo peor de si.

Y le encontró, sin querer, cuando siempre lo tuvo. Le encontró en lo que el mundo le había regalado en algún verano de su infancia.
Le encontró aunque nunca le había visto. Le había sentido desde siempre. En la esotérica paz, en lo único que había sabido calmarle toda su vida.
Le encontró en aquel reflejo de agua, de aire y de calor.

Le encontró. El era la tierra.

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