Ella, con sus ojos inyectados en sangre, le miró fijo y largó:
-¿Qué vas a hacer? ¿Vas a pegarme?
Pronunciando aquellas palabras mágicas, el hombre de repente se dobló. Se había vuelto pequeño e insignificante, porque sabía y siempre había sabido que para el momento en que su mano de levantara, ella ya le habría dejado.
No podía darse ese lujo. Después de tanto decirle que nadie la querría como el, se le hacía cada vez más evidente, que era exactamente al revez. Tenía la certeza de que ya nadie, podría quererlo como ella. Y probablemente estaba en lo cierto.
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